Por
Rodrigo Sotelo / Twitter: @masmedio
Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez cometió muchos errores como
alcalde de Hermosillo, pero no pude regateársele que hasta el final tomó
decisiones coherentes y mantuvo a flote un ayuntamiento que parcialmente
naufragaba desde hace varios trienios.
No se olvidan las paradas millonarias, el incremento a la
tarifa del agua que le tocó aplicar sin el mínimo interés de paliar, la
concesión del alumbrado público que no se supo asear y socializar, ni los abusivos
retenes ni la ineptitud policíaca.
Hoy puede arrepentirse: de no medir consecuencias, no
haber sido autocríticos y de haber confiado ciegamente en colaboradores
inútiles que solo le profesaban lealtad y obediencia.
Los excesos de su gobierno son conocidos y deberá
responder por ellos, pero en proporción al daño acreditado y no bajo la lógica
estomacal del Celidismo que lo eligió
–convenientemente- como el origen de toda crisis que no saben lidiar.
Aquí hemos sido crítico del defenestrado priista, a su
salida y durante el curso de su escandalosa administración, aunque también
creemos que se ha perdido el equilibrio cuando se juzga –en ocasiones- a la
ligera su trabajo, sin el debido contraste con quienes le antecedieron.
Pero, sobre todo, sin entender las motivaciones de la
alcaldesa Célida López y sin admitir las inéditas impericias con que arranque la
actual administración.
Maloro ya
está pagando y vive una ironía que lo obliga –así lo entiende él- a esconderse,
mientras otros exalcaldes verdaderamente dañinos duermen tranquilos y se dan el
lujo hasta de opinar en temas que lo inculpan, como el alumbrado público.
La ironía es que Javier Gándara, el voraz empresario que
probablemente detonó lo que hoy se padece en el municipio, se atreva a darse
golpes de pecho y se sume a la víscera de la Presidenta padrecista de Hermosillo.
Irónico que luego de haber perdonado a Alejandro López
Caballero, el alcalde panista más insípido que se recuerda, ahora Maloro sea el perseguido y que el
primero haya tenido el cinismo de acudir a la protesta de Célida López.
Ya el hecho presumido de que participó y aportó en
campañas del PRI, aquí en la capital, entra en otra categoría.
Representa una monumental ironía que ahora se señale a la
familia de Maloro Acosta, con o sin
razón aunque sin denuncia formal de por medio, cuando López Caballero tenía a
su hermano becado –como siempre- en la oficina de la Presidencia.
Nos consta que Maloro
cuidó, como pocos políticos, la tranquilidad y el prestigio de su esposa, que
hasta llegó a reclamarnos personalmente algunos memes ofensivos que su gente ociosa endosaba a este periodista.
La ironía –o el colmo- sería que también sea a él a quien
se le señale de promiscuo e inmoral.
Ironía que Maloro
Acosta tenga la etiqueta de corrupto por buscar resolver problemas heredados
(con todo lo cierto que haya de excesos e irregularidades), y que siga impune
que su precedente en Palacio haya vegetado los tres años.
“Hay quienes se
indignan con la liberación de Padrés, pero son aliados de sus aliados o aliadas”,
escribió en tuiter Juan Pablo Acosta en respuesta a la postura de su propio
partido… ¿Irónico, verdad?
El consuelo de Maloro
Acosta deberá ser seguir constatando, desde lejos como ha preferido, el caos
que en tiempo récord producen sus carniceros y poder atestiguar el final irrefutablemente
funesto que se construye del Celidismo.
Hasta entonces se hará un justo balance.
Gracias y hasta la próxima con el favor de Dios.
Rodrigo
Sotelo Mendívil
Director
General Masmedio
Correo: rodrigosotelo@masmedio.com
Twitter:
@masmedio


