En el barrio bravo la mayoría desconoce su nombre; camina con gritos a sus espaldas que pregonan el apodo de su tatuador. Ahí va “El Socio”, algunos lo saludan de mano, otros prefieren sólo mirarlo de reojo, ya que un sinnúmero de imágenes corporales llaman la atención de vendedores y transeúntes.
En la calle Peralvillo, en un local legendario de la zona, José Luis Ponce de León deja su cuerpo al descubierto, para demostrarle a la gente que es el hombre más tatuado de México.
“Estudié las carreras de periodismo, actuación, locución, instructor de gimnasio y ahora tatuador. Soy el mexicano más tatuado hasta ahorita, pero también el más discriminado”, expresó.
Son más de mil imágenes, perdió la cuenta desde hace mucho, sin embargo permanece el gusto por llenarse el cuerpo con formas y símbolos, práctica que se convirtió, desde hace 17 años, en una adicción.
“Desde chavo tenía el gusanito de hacerme un tatuaje, pero en todo el cuerpo, porque veía en revistas extranjeras, y por medio de dos tíos que ya fallecieron que también tenían tatuajes”, explicó José Luis.
A sus 53 años, esta fascinación se ha llevado el 98 por ciento de su cuerpo, sólo le falta el rostro. Pese al gusto de tener conjuntada la cultura prehispánica y la oriental en sus extremidades, en su torso y en sus pies; José Luis Ponce afirma que ha sido un camino complicado, porque sufrió de discriminación por parte de la policía que lo relacionaban con pandilleros, drogas y hasta secuestros.
“Total rechazo, han sido muchos años de rechazo, no sólo laboral, sino también sentimental, ir a visitar un lugar, un museo, un centro comercial y luego, luego las miradas hacia ti”, comentó.
En los noventa, recordó, fue “muy difícil” andar tatuado, la gente lo rechazó en el transporte público, e incluso recibió el desprecio de personas de otra religión.
En el plano sentimental, su gusto le ha negado la culminación de tres matrimonios, derivado de la falta de aceptación por parte de las familias de sus parejas.
Ha asimilado las consecuencias de sus tatuajes, que también se traducen en pérdidas de empleo. Ya ganó un proceso legal por discriminación, y logró que le devolvieran su trabajo en un medio de comunicación.
A pesar de la problemáticas, afirma que todo ha valido la pena, porque el tatuaje lo ha llevado a viajar, a conocer gente, a ser un reflejo del arte y de la muerte, ya que la mayoría de sus imágenes remiten a ese tema.
Mientras analiza las situaciones que se le presentan, espera en próximas fechas tatuarse la única parte de su cuerpo que no tiene rastros de tinta.
“Nunca me he arrepentido, a lo mejor quisiera quitármelos pero para ponerme algo nuevo (…) me quiero ir de este mundo todo tatuado”.


